Las notificaciones azucaradas

Las notificaciones azucaradas

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No recuerdo aún por qué mi mente ha acabado fabricando un recuerdo de la juventud, pero el caso es que hoy me acordé de uno de los aparatos más estrafalarios de la década de los 90: el Beeper de Coca Cola. Si tienes un rato te cuento de dónde viene y qué maravillas, nótese la ironía, nos ofrecía.

Invento para pudientes

Por si aún no te has ubicado, estamos hablando de una loca innovación de hace décadas. Los llamados buscas, que era la abreviación de buscapersonas, eran un trozo de plástico que permitía transmitir mensajes. Su particularidad residía en la utilización de ondas de radio en lugar de las redes de telefonía móvil. Sin problemas de cobertura, no había excusas para no leer los mensajes entrantes.

Se cree que su origen viene de lejos, concretamente se suele asociar al sector de la medicina. Esto es así debido a que los primeros prototipos fueron utilizados en hospitales de Nueva York y de Londres. El término con el que se acuñó la novedad científica era el de mensáfono. Pero no fue hasta el año 1958 cuando la Comisión Federal de Comunicaciones dio su visto bueno para la comercialización en los Estados Unidos de América.

Éxito inesperado

Su éxito en las décadas posteriores, hasta que los móviles adquirieron popularidad, se basó en una cuestión monetaria. Eran infinitamente más baratos que los gigantes teléfonos portátiles que pertenecían a banqueros de cuentas rebosantes o importantes miembros del gobierno. Y sí, ya voy con la historia del Beeper de Coca Cola, que me gusta demasiado irme por las ramas.

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Todo lo siguiente está basado en recuerdos, con lo que no habrá datos específicos. Haciendo memoria, aquellos aparatos, propiedad de Motorola, ya se estaban diluyendo, pero la idea de Coca Cola de regalarlos, previo pago de bebidas azucaradas, fue un éxito. Utilizando el servicio de Telefónica denominado Mensatel, llamabas a un número de teléfono. Allí dejabas el mensaje y casi al instante, en la pequeña pantalla del cacharrito, podías leerlo. Magia. ¿Qué WhatsApp, ni qué WhatsApp?

La vida era analógica

Resulta curioso observar cómo en apenas unos años hemos pasado de dejar mensajes en máquinas automáticas a un sinfín de redes sociales. Cada cual con más contenido y posibilidades. Seguramente ahora tengamos más información a nuestro alcance, pero vivir en un mundo desconectado, donde tocar el telefonillo de tu amigo para ver si bajaba a jugar o recibir un mensaje en tu busca de la marca roja tenía su encanto. Las notificaciones eran reales como la vida misma.