Las nuevas tecnologías afectan a la ortografía de los más jóvenes

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El comienzo de siglo vino marcado por el auge de las nuevas tecnologías. Estas se dejaron notar sobre todo en la mejora de nuestras comunicaciones. Y lo hicieron especialmente con algunas herramientas que causaron furor entre los más jóvenes del momento: el chat y los SMS.

Pero las limitaciones propias del primitivo funcionamiento de estos sistemas hace dos décadas se hicieron notar pronto. Especialmente en el envío de SMS, limitados generalmente en torno a los 160 caracteres. Y, como quiera uno que aunque muchos no lo recuerden ya los mensajes en su día se pagaban ¡y bien! había que economizar. Tocaba reducir palabras y tirar de abreviaturas para no engordar la factura y evitar castigos paternos o quedarnos sin saldo.

Aparentemente, esto no debería ser un problema grave a nivel de ortografía. Quien más quien menos, todo aquel que usa un “xq”, “k” o similar, sabe perfectamente qué está abreviando y podría escribirlo sin problemas cuando no necesite economizar. Pero a la larga se ha demostrado que no es así.

El hábito se va imponiendo, y es más visible aún que en ejemplos como los descritos el el caso de las tildes, los interrogantes y las exclamaciones. Cada vez es más frecuente ver desaparecer los signos de apertura en preguntas y admiraciones, en una tendencia anglosajona de quedarnos solo con el signo final. Tendencia a la que ayudan los teclados, donde en ocasiones hay que seguir un laberinto para encontrar “¿” o “¡”.

Los riesgos de la digitalización

Como en todos los ámbitos, y la ortografía no escapa a ello, la tecnología puede sernos de gran ayuda. El problema es, como todo, cuando utilizamos mal esa opción de facilitar la tarea. Lo vemos de manera muy obvia en el corrector de Word. Su función es la de marcarnos los errores, lo cual puede provocar que una persona lo utilice simplemente como guía, mientras otra aproveche para no esforzarse en pensar si una palabra se escribe con ‘b’ o con ‘v’, porque el programa se lo va a solucionar.

En el mismo sentido, estamos en un momento malo para el papel y sobre todo la tinta del bolígrafo. Las aulas, incluso las de los más pequeños, ven cómo la comodidad del ordenador, el e-book o la tablet vencen la batalla. Menos peso para las mochilas, más facilidad para escribir, hacer, deshacer… ¿Y mayor dificultad cognitiva?

Al respecto de la pregunta lanzada en el párrafo previo, hay muy diversas teorías. Mientras los más clásicos defienden que no hay nada comparable al aprendizaje con papel y lápiz, las posturas más modernas defienden que el ahorro de tiempo que supone usar las herramientas más actuales permite desarrollar otras virtudes.

Se decante cada cual por la que más le guste, es innegable que la tecnología aplicada al lenguaje y la ortografía ha evolucionado de manera muy diferente a como lo ha hecho en otros campos. En las matemáticas, ha simplificado operaciones con las calculadoras para que un investigador pueda dedicar su tiempo a labores más productivas que sumas o divisiones. Pero en el mundo de las letras no parece haber repercutido con un beneficio siquiera similar.

El bastión virtual de la ortografía y la gramática

La economía del lenguaje, término que se refiere a expresarnos con las menos palabras, se ha pervertido. La tendencia de las redes sociales, donde se premia la inmediatez, ha generado una necesidad de sintetizar que lleva a un lenguaje menos rico y más errático. Por fortuna, van surgiendo ideas y movimientos que ayudan a evitar esto. Es el caso de Walinwa, una plataforma dirigida a ayudarnos con la ortografía y que ya os acercamos en su día en Voltaico.

También la gramática se está viendo afectada. Se lee menos y de una forma más concreta: el abuso de las negritas en Internet lleva aparejado una lectura más somera y menos detallada. Por eso, nos encontramos con la necesidad de comunicar lo que queremos dando más valor a las palabras clave, que a una buena construcción gramatical.

Para ayudarnos en ambos campos, se encuentra la web de la Fundación del Español Urgente (Fundéu). Patrocinada por BBVA y Agencia Efe, y auspiciada por la Real Academia de la Lengua Española, trata de resolver todas las dudas posibles en cuanto al uso de nuestra lengua. No lo hace solo a nivel usuario, sino que con la mayor periodicidad posible, publica una serie de normas y consejos sobre temas de actualidad para que periodistas, escritores… sepan a qué atenerse en todo momento.

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